Alhambra, la frontera invisible

Patio interior del Palacio de Carlos V
Patio interior del Palacio de Carlos V

Un paseo nocturno

Noche sin luna. Los pasos resuenan en la cuesta de casas apretadas. Alhambra, la frontera es invisible, la puerta está abierta. Es el mundo el que cambia. Atrás Granada, delante  el sonido del agua que nos invita a sumergirnos en los secretos que tan solo unos pocos conocen, esperando ser escuchados.

En nuestra subida nos sale al encuentro Washington Irving, narrador de leyendas hilada s en estos bosques y tejidas por las voces del tiempo. Su estatua apenas destaca en la noche, susurra: toda leyenda hunde sus raíces en la verdad, la de la ciudad roja que nos mira grandiosa y casi inexpugnable. Es noche de luna oscura, las sombras  alargadas, curiosas, esperan a que nuestro grupo se detenga al murmullo del agua que mana del Pilar de Carlos V. Hora de saciar la sed del cuerpo pero también  la del alma. ¿Es dulce o amarga el agua que bebemos? Quizá el emperador pueda responder a esa pregunta, a través de quien nos guía.

Por primera vez las sombras retroceden. Al final del repecho la luz se hace piedra: poderosa, la Puerta de la Justicia nos espera, hace honor a su nombre, nos detiene, nos pregunta. Nos pide la llave. No debemos tener miedo, miramos la mano y la llave talladas en la piedra. ¿Cómo poder alcanzarlas? Otra vez la respuesta se encuentra en nosotros. Buscar otras llaves, saber qué abren, entender qué significan. Como en las leyendas que buscamos, tenemos el acertijo. Ahora nos queda encontrar al mago que nos ayude a solucionar el enigma. Nuestros ojos confluyen en la sonrisa oblicua de nuestro hechicero particular.

Atardecer en la Alhambra
Atardecer en la Alhambra

Asombrados por la gran puerta y deseando saber que hay más allá, dejamos a un lado otra pequeña, cerrada a cal y canto, con un anacrónico interfono. Entre la leyenda y la comicidad  descubrimos que existen otros mundos paralelos en la Alhambra. Relatos del siglo XX dignos de una novela histórica con tintes del Hola. Antes de entrar, en nuestra mente se queda un nombre: la Marquesa del Generalife. Ella, sus antepasados  y descendientes serán insólitos compañeros de viaje hasta el final de nuestra aventura.

El agua que fluye eternamente  nos ha traído hasta aquí: La Plaza de los aljibes, siempre lugar de paso, primero entre lo marcial y la corte, después un mercado y ahora bajo nuestros pies medio milenio de bóvedas en las que se mira el agua. Una explanada silenciosa, vacía: a un lado dos torres iluminadas. Miramos buscando el eco del pasado, siete siglos de imágenes se acercan y nos hacen compañía.

Y al fondo, al otro lado del rio, el Albaicín blanco y ajeno a la otra Granada. Más  cerca el quiosco marcado por tres cipreses, con su pozo de donde se sacaba agua para dar de beber a diez mil almas.

A través de la Puerta del Vino llegamos ante la fachada del Palacio de Carlos V. Las historias se entrecruzan, su imponente desnudez esconde secretos: desde la cuadratura del círculo hasta el botín de guerra representado en piedra en la parte inferior del muro. Lugar mítico y símbolo de la Granada Imperial, esa otra Granada que siempre pudo ser y nunca fue. Casi quinientos años de construcción  acabaron por convertirlo en esos despojos de batalla que muestra en sus paredes y que no renacieron hasta mediado el siglo pasado.

Volvemos a reencontrarnos con nuestra Marquesa: si buscamos entre ese botín de guerra encontraremos la clave que la une con el último rey de Granada.

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